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“Que leyendo vuestra historia el melancólico se muera de risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”
(Miguel de Cervantes)

BIOGRAFÍA


 Nací en Cañizal (Zamora) allá por el año 1953, que si bien se
 mira  no  fue un  mal  año para nacer si  lo comparamos con
 otros que parió el siglo y de l os que mejor ni hablar, aunque
 tampoco tan bueno como otros que vendrían después y que
 a uno le hubieran hecho, si no más feliz, al menos más joven.
 Lo que no es moco de pavo.

 Pero esto, a mi entender, debe ser una ilusión óptico-vital de
 todo nacido antes o después de cualquier año.

 Fui a  la escuela con  seis años - privilegio que nunca hemos
 valorado del  todo  los niños de la postguerra - y allí me apli-
 qué todo lo que pude  en la Enciclopedia Álvarez que tuvo el
 mérito de  simplificarme el  mundo y la vida - lo que ahora se
 dice  las “materias curriculares” - y hacer  ligero el  equipaje
 escolar, a  más de dejarme tiempo para jugar –otro privilegio
 de aquella niñez que  ha caído en desuso gracias a las famo-
 sas  “actividades extraescolares” de  nuestros días- y colec-
 cionar los cromos del Cid Campeador que venían, si la mollera
 no me falla, en unas tabletas de chocolate.

 En mi  casa apenas había  libros. Tener  libros era un lujo de
 gente rica, y  mis  padres  eran labradores modestos que no
 podían permitirse gastar el dinero en vanidades de escribano.

 Pero  mi padre  -gran lector y admirador  del poeta Gabriel y
 Galán- siempre se las  arregló para que le dejaran algún libro
 prestado  -de esos  que casi  nunca se devuelven- y  poder
 leerlo al amor de la lumbre con el fervor y la  devoción de un
 comulgante.

 Luego, cuando  le  acompañaba  en  el  carro  para  ir  a las
 tierras
- en  aquellos  trabajos de  los que  mejor no hablar-
 me  decía  poesías  que aún hoy recuerdo  con nostalgia: El
 Ama, la
Montaraza, el Embargo, la Pedrada,…

 A los 13 años no pude evitar -como era habitual en aquellos
 años- ir de interno “a los curas” y de paso saber lo  que era
 un campo  de fútbol, una  piscina, la  excursión  al  monte y
 otros “lujos” impensables en mi  mundo y que, en  definitiva, 
 era  lo que  nos movía  a dejar  el pueblo  -o nos “motivaba”
 como se dice ahora- y no la idea de ser religioso o misionero.
 Aunque  alguno  hubo que  tomó los  hábitos  amortizando la
 sangría vocacional del resto.

 También  nos  permitía estudiar – algo que con los  recursos
 paternos y  por libre era algo  impensable - si  eras un poco
 dado a ello y seguías el consejo que de forma machacona te
 daban los mayores: “tienes que ser un hombre de provecho”
 o “el saber no ocupa lugar”.

 Con  esa  intención  me hice  maestro  y en las tareas de la
 enseñanza he trabajado toda mi vida.

 Entre tanto  he compaginado este oficio con otros que, bien
 mirados, son más trascendentales en cualquier biografía que
 se precie. Me refiero al de marido, al de padre –dos hijos-, y
 al  de hijo, pues  a estas  alturas de  la vida  puedo presumir
 de padres octogenarios.

 También, como cualquier  hijo  de  vecino, soy hermano, tío,
 padrino, cuñado, yerno….

 Como veis un pluriempleado.

 Lo de  escribir - otro oficio - fue una  vocación  tardía  que,
 según  lo pienso  ahora, debía  estar latente  en  los  genes
 heredados de mi padre. Hay vocaciones que  se manifiestan
 tardíamente  y  que  uno  ni  siquiera  sabe  que  están  ahí, 
 escondidas en la retaguardia del alma.

 Mi primer libro fue  sobre mi pueblo - Cañizal - y a él le debo
 las primeras alegrías y sinsabores del oficio.

 Alegrías por la gran acogida que tuvo entre los jariegos -que
 ese es nuestro gentilicio- y sinsabores por los problemas que
 tuve con la imprenta cuando comprobé que  habían ahorrado
 en pegamento más de lo aconsejable. Asistí despavorido a la
 caída de sus hojas cual álamo en otoño.

 Luego vino el de Niñez y castigo: historia del castigo escolar,
 editado por la Universidad de  Valladolid y traducido al inglés
 en  una  universidad  belga, lo  que  me llena  de  orgullo  no
 disimulado y me  precipita, Dios  no lo quiera, al abismo de la
 vanidad.

 Tras ellos me centré en la divulgación de la ciudad en la que
 vivo -Valladolid- con publicaciones que hablan de su historia
 y  avatares y  en las que he  intentado aunar mi experiencia
 docente con la investigadora para que lleguen a todo tipo de
 públicos.

 Valladolid con ojos distintos surgió  como  juego de adivinan-
 zas  para  conocer  la  ciudad; Valladolid  ¡si yo  te contara!
 pretendió un nuevo acercamiento a la historia local a través
 de la  magia  de sus  números  y Valladolid la huella francesa
 como un desquite ante quienes no conocen la gran influencia
 francesa que atesora nuestra ciudad.

 Entre ellos quise  escribir un compendio sobre  la  historia de
 las  mujeres  partiendo de aquellas que habían tenido alguna
 relación  con la  ciudad  del  Pisuerga. Surgió  así: Valladolid:
 femenino singular. Semblanzas en la niebla.

 Pensándolo bien, ahora que el tiempo transcurrido me permite
 otear lo publicado desde una  distancia razonable para emitir
 algún juicio, creo que siempre me interesaron los perdedores.

 ¿No es  perdedor  un pueblo de Castilla - mi pueblo - que de
 casi  2000  habitantes a principios del siglo XX  ha pasado a
 tener unos 600 sufriendo una feroz sangría emigratoria?

 ¿No  son perdedores los  niños, marginados en las crónicas y
 avatares humanos, que  sólo en  los tiempos actuales  están
 teniendo un protagonismo, quizás excesivo, pero que perma-
 necieron en los arrabales de la historia durante milenios?

 ¿No son perdedoras las mujeres que también estuvieron rele-
 gadas a  ser la  sombra del  varón y  que aún hoy luchan por
 hallar una igualdad que se les niega?

 No es  perdedora  una vieja ciudad castellana que, en aras a
 la modernidad, ha  visto  como “la paleta”  se llevaba su rico
 patrimonio y se despersonalizaba  mientras se engrandecía.

 Pero  quizá estoy  poniéndome demasiado trascendente y no
 era esto  lo que  me proponía  al trazar  mi esbozo biográfico.
 Basta  con ser  aburrido  como para,  encima, querer  sentar
 cátedra.

 Esbozo por lo demás simple y escueto, sin grandes aventuras
 vitales – mi vida es más bien plana y carente  de los adornos
 que a otros ensalzan o envilecen -  y que, de seguro, oculta
 más  de  lo  que dice  como suele  ser  habitual  en cualquier
 biografía que siempre selecciona la mejor cara de  su autor y
 por lo tanto manipula.

 No sé si seguiré más tiempo dedicándome a este  oficio pero
 de hacerlo, será  con la sana intención  de seguir divulgando
 historias.

En estos afanes os espero.
 

 

 

 

 

 

 

© COPYRIGHT 2007 TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS - LUIS TORRECILLA HERNÁNDEZ