IN ILLO TEMPORE

Y hay quien dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. Para quien ose afirmar tal despropósito le recomiendo que vea la película “El perfume. Historia de un asesino”.Y luego hablamos.
Basada en la exitosa novela de Patrick Süskind, traducida a más de cuarenta idiomas, los diez primeros minutos ilustran con bastante detalle lo que era la niñez de la gente pobre -que era casi toda la gente hasta hace cuatro días- y lo difícil y excepcional que resultaba sobrevivir a la infancia y llegar a adulto para contarlo.
Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de Das Parfum die Geschichte eines Mörders, es arrojado al nacer entre los desechos del puesto de pescado que regenta su madre soltera, que lo abandona al creer que ha parido otro hijo muerto -había tenido ya otros cuatro partos malogrados-. El llanto del bebé alerta a los clientes de la pescadera que, al verlo en la basura, no tardan en acusarla de infanticidio y colgarla.
A partir de ese momento, Jean -Baptiste, sigue el derrotero de tantos niños huérfanos del pasado -muy numerosos según cuentan- cuando el concepto de infancia no tenía ninguna relevancia para los adultos.
Primeramente, superar la dependencia emocional de distintas nodrizas -obreras de la crianza al cargo de instituciones piadosas-, después el paso por varios orfanatos, donde ha de sobrevivir al odio de otros muchachos que se hallan en sus mismas condiciones y donde impera la ley de la selva y, para cerrar el círculo de una imposible supervivencia, el acceso a un mercado laboral, despiadado y sin leyes, regido por explotadores sin escrúpulos, cuando contaban unos ocho años.
Por siete monedas será vendido Grenouille a un colérico curtidor para que trabaje como una bestia antes de morir en el plazo de cuatro o cinco años -al ántrax maligno no perdonaba a nadie-. Pero el muchacho sobrevive. Que siempre hubo en la especie humana, como en otras, un porcentaje mínimo que logró lo imposible.
La historia de la película continúa centrándose en el perfume y la capacidad olfativa del muchacho hasta terminar su periplo vital de un modo sorprendente que no es el caso contar aquí, ni es el motivo de este artículo.
La dureza de los trabajos y las consiguientes enfermedades mortales eran moneda corriente hasta hace cuatro días para la niñez trabajadora y sigue siéndolo en bastantes lugares del mundo. Lean a Dickens o vean algún noticiario sobre el tema.
En “Niñez y castigo. Historia del castigo escolar”, libro publicado hace ya más de una década, quise dejar constancia de las barbaridades que se cometieron tanto en la crianza como en la escuela antigua.
“La historia de la infancia es la historia de una pesadilla aún mal contada”, afirmé entonces y sólo películas como El Perfume, permiten acercarse a unas coordenada vitales que resultan increíbles para nuestra mentalidad y nuestras costumbres.
Por eso cuando alguien se refugia en la memoria de su niñez para afirmar que los tiempos antiguos fueron más felices y que no había tantos crímenes como escupe a diario el telediario, les conmino a que lean libros como el que les indico y a que vean películas como El Perfume. Pasen y vean.
Cuanto más se profundiza en los siglos pasados, más se oscurece el túnel de la historia del hombre, en general, y de la niñez, en particular, y más expuestas están las criaturas al infanticidio, al abandono y a toda clase de abusos.
El llanto de los niños crece hasta el infinito a medida que retrocedemos en el túnel del tiempo de nuestra historia.
¿Se han preguntado alguna vez por qué lloran tanto los niños? Tal vez la respuesta esté in illo tempore.
OPTIMISMO A PUNTA DE PISTOLA

Aunque alguien dijo que un pesimista es una persona bien informada, lo que se lleva es el optimismo.
La crisis económica que azota nuestros hogares, otrora boyantes y epulones, se refugia en la cueva cobarde y necesaria del optimismo, en el antro del “al mal tiempo, buena cara” de nuestros abuelos. Tan sabios ellos.
- Bueno hombre- nos dice el vecino- que tampoco es para tanto. Que nunca hemos vivido como vivimos hoy.
Y uno piensa y calla (y el que calla otorga) que, el muy cobarde, eso no se lo dice al que está a punto de agotar la prestación por desempleo y no tiene de colchón económico a la abuela pensionista para sacarle del apuro.
Pero , como dije, lo que se lleva es el optimismo, la alegría de la huerta, el ver la botella medio llena y no medio vacía. Ver el lado amable de la vida y ¡¡Olé!!
Por eso, con la crisis, han aumentado, como setas en pinar, los cursos de yoga, los orientalismos y las ponencias sobre cómo ser alegre y optimista con lo que está cayendo o precisamente por eso.
Por eso Matt Riddey ha escrito “El optimismo racional” demostrando que la historia del hombre es un “crecendo” de felicidad y de progreso. ¿Vale?
La antigua frase de “más se perdió en Cuba y venían cantando” es esgrimida por los nuevos predicadores del buen rollito dominguero y que están, desde la noche de los tiempos, en perpetua lucha contra los irredentos pesimistas que no dejan de esgrimir aquello de que “la vida es una película que siempre acaba mal”. Los muy cobardes.
Uno de estos telepredicadores del optimismo más radical es Emilio Duró que lleva tiempo dedicándose al duro -y que valga la redundancia- intento de hacer que este país se embarque en la ilusión y la alegría. ¡Pobre!
Emilio, que no sé si logrará su propósito, lo que sí logra a todas luces es hacernos reír -que no es poco- y demostrarnos “científicamente” que somos una “mierdecilla” en un mundo que es una mierda, dentro de una galaxia de mierda. Y que para qué preocuparnos por cosas que son baladíes a los ojos de cualquier extraterrestre.
-No es que te caigan todas las mierdas – le recuerda, Emilio Duró, al quejica- es que, seguramente, eres una mierda.
Gracias a gente como Emilio, los pesimistas, esas personas que ya cuando nos hallábamos en pleno sarao del ladrillo nos arruinaban la fiesta con frases como “ya lo pagaréis”, son cada vez más una especie en extinción sin nada que hacer en un país de maravillas.
-¡Deja de quejarte!, ¡Pónte a hacer ejercicio! ¡Cambia los hábitos que te llevan al fracaso!¡Copia los hábitos saludables de quienes triunfan!- insiste desde el desierto, el catalán.
Y en esas estoy. Apuntándome a la kaleborroka del optimismo más radical.
Aunque temeroso, eso sí, de que mientras me ejercito en “el buen rollito” del “¡sonría, por favor!” me salga algún cantamañanas vestido de locutor de radio y mientras me desayuno la tostada me escupa en la cara el “no seas pesimista. Espera. Falta lo peor”.Y que, efectivamente, compruebe cómo, la tostada, se me cae por el lado de la mantequilla como dijo ¡ay! otro sabio en pesimismos.
Siempre hubo “aguafiestas”.
MICROBLOGGING

Como todo lo que ocurre en el exterior acaba llegando a nuestro pequeño mundo, que para algo estamos en la aldea global, aprovecho para adelantar a la escuela 2.0 española, aún débil y lenta en nuevas tecnologías, ¡pobrecita!, lo que hace o comienza a hacer furor en Francia -país hacia el que siempre hemos mostrado admiración y cierta envidia-: los microblogging. Que luego nadie diga que no avisé con tiempo.
Pues sí, el microblogging o minitexto o minirrelato (no se admiten más de 140 caracteres) parece ser una excelente herramienta para hacer competentes en lecto-escritura a los escolares de cualquier edad, incluyendo a los universitarios (que tan poco leen y tan mal escriben).
Céline, una profesora de la población de Seclin, situada en el norte de Francia lo dice bien claro :
- Les 140 caractères de Twitter correspondent très bien à leur niveau.
Al parecer con su uso se agiliza la lectura y la comunicación en un soporte que es y será el de los muchachos del siglo XXI, el digital.
Los “tweets” -cortos mensajes instantáneos de 140 caracteres como máximo- acompañados de fotos y de vídeos hacen, según la maestra, las delicias de la muchachada deseosa de comunicarse con otros “compas” que están conectados y dispuestos a entenderse, en el idioma común, antes de salir al recreo.
Las clases son tan motivadoras, argumenta la “seño”, que la clase se convierte en un bosque de dedos dispuestos a leer en voz alta los mensajes que han recibido de otros colegas -franceses, belgas, canadienses- a los que nadie conoce porque, de momento, ni están ni se les espera.
Y rápidamente de manera febril y alocada se ponen a redactar mensajes para los compañeros asignados o a prepararles dibujos. Dos actividades tradicionales de la vieja escuela pero que toman una nueva dimensión gracias a Twiter.
Tras escribir a mano sobre un cuaderno y después de corregir los posibles errores y las faltas de ortografía, los mensajes -que antes fueron palotes- se envían a receptores de otras escuelas que están o estarán enchufados al invento.
-Bonjour, je m’appelle Elise, j’habite à Seclin et j’ai 7 ans.
Así. Frases simples y cortas. Pero que tienen el valor de la utilidad y la inmediatez, de saber que llegan a su destino a la velocidad de la luz. Escribir pensando en aquellos que en cuestión de segundos -de un clic- lo leerán.
Y no como usted y como yo, analfabetos digitales, que nos iniciamos con el pobre “mi mamá me mima” escrito con palotes salpicados de borrones con olor a papel secante. ¡Pobres!
– La phase d’inquiétude des parents est passée- aclara Céline, por si quedara alguna duda sobre las bondades del invento. Que los padres cuentan mucho en la nueva escuela. Como debe ser.
Proyectos escolares, ligados a Twiter, que llevan ya dos años en los liceos franceses y que ahora se está llevando a cabo en la escuela primaria gabacha. Y que, como es habitual, llegarán a España en la próxima década como fija el calendario gregoriano de toda la vida.
- La actividad no desconcentra a los alumnos, -asegura la profe- muy al contrario, cuando no hay pantalla, no escuchan.
Y uno -que es una anticualla paleolítica en estos temas- piensa que quizás es ahí donde radique el problema: que “cuando no hay pantalla, no escuchan”.
Para hacerse escuchar esta generación digital tendrá que hacerlo, ya de por vida, con una pantalla incorporada muy cerca de la frente. Algo parecido a las gafas. Un nuevo apósito para que nadie se distraiga mientras le digan “Buenos días”. Una minipantalla incorporada entre los ojos donde, en diáfanos caracteres digitales, se reafirme el saludo. Porque nadie responderá al audio mañanero del vecino si no va acompañado del correspondiente vídeo. Así de sencillo.
Pero esto son temores de quien practicaba el microblogging arrojando, en bola arrugada de papel grasiento y con la caligrafía torpe de la urgencia, mensajes de amor a la “compa” pelirroja que se sentaba tres filas más atrás, en la vieja escuela. Torpe.
Me disponía a cruzar el río Pisuerga por la Pasarela que me lleva, como en una nube, al Barrio de Parquesol, (lugares que, aclaro para mis lectores de Nueva Zelanda, se hallan en la muy noble ciudad de Valladolid), cuando mi cerebro reptiliano, esa parte más profunda y soterrada de mi testa -la más animal e instintiva- que es como una terca reminiscencia de cuando mis antepasados sobrevivieron en la jungla, me puso en alerta ante un griterío parecido al de un clan de primates enemigos que vinieran a exterminar mi tribu. Caníbales.
Sobre el autor: Luis