
Una de las ventajas de tener Madrid a tiro de piedra (gracias a la Alta Velocidad Española), es poder disfrutar de alguno de los eventos culturales que ofrece la capital. Tras madrugar algo más de lo aconsejable para un sábado y tomar el AVANT a las 8 de la mañana, llegas a Madrid en poco más de una hora, haces cola en la sede de la Fundación Mapfre -“culpable” de haber traído a estas tierras una interesante muestra del Impresionismo- y con un poco de suerte crees hallarte en el mismísimo Museo parisino d´Orsay. ¡Ahí es nada!
La lluvia, que no entiende de cultura ni de madrugadas, empapó una espera de algo más de una hora en la puerta del edificio, mientras unos y otros mascullábamos impotentes la necesidad de organizar las esperas de una manera menos tercermundista que la de sentirse ganado ovino entrando en el aprisco (esas cintas que dibujan un laberinto y que te hacen dar vueltas absurdas y sin sentido en un viaje a ninguna parte).
Pero mereció la pena. Ver El pífano de Édouard Manet , un taller en Batignolles de Henri Fantin-Latour, La Estación de Saint-Lazare de Claude Monet, la Clase de Danza de Degas, la Casa del Ahorcado de Cézanne, el Columpio de Pierre-Auguste Renoir y otras joyas de aquel renacimiento pictórico, nos hizo olvidar lluvias y madrugones.
Impresiona -y aquí el verbo viene como anillo al dedo- comprobar cómo en el marco histórico de la Guerra franco-Prusiana (1870-1871) y de la Comuna de París (1871) un grupo de pintores liderados por Édouard Manet, lograron plasmar la modernidad y la cotidianidad en sus lienzos con todo lo que aquel proyecto tenía de ruptura para las inamovibles leyes de quienes controlaban el Salón de París.
Hércules, ninfas, dioses, santos, aristócratas o burgueses en sus palacios, dejarán de poblar los cuadros de los artistas, para dejar paso a sencillas bailarinas en un momento de descanso, a aldeanos caminando con una haz de leña, a una muchacha columpiándose en una mañana de primavera, a una urraca posada en un cercado,…imágenes cotidianas, fulgores de un instante llevados a la paleta por unos pintores incomprendidos por la crítica del momento.
Y tras ellos la tradición de la escuela barroca española, especialmente la de Goya, Velázquez y Ribera. La influencia de una pintura realista, austera y sobria que buscó en su momento (en un adelanto de siglos), mediante propuestas innovadoras, el asalto a la modernidad.
Al salir, seguía la lluvia persistente y nostálgica; quizás pesarosa por no hallar entre tanto transeúnte a uno de aquellos artistas que con unas pinceladas vibrantes y mínimas sabían captar la fugacidad de un gesto, de un efecto atmosférico, de un momento. Los impresionistas.

No lo conozco. Confieso que no conozco personalmente a Herminio. Me enteré de su existencia cuando al poco de publicar mi libro “Pleitos para la historia local. Cañizal una villa de Valdeguareña” me encontré una crítica suya en el periódico “La Opinión de Zamora” que me llenó de curiosidad. Rápidamente acudí a los buscadores de Internet para saber quien era aquel periodista que tan bien había resumido y entendido mi trabajo. Y me encontré con Herminio Ramos Pérez un hombre conocidísimo -y queridísimo- en la ciudad de Zamora, escritor y periodista y al que hace pocos meses han dedicado una estatua como homenaje. La pueden ver ustedes al lado.

Pues no. No voy a hablarles ni de don Felipe de Borbón -heredero de la corona de España- ni de los premios que otorga el Principado de Asturias, una vez al año, a eminentes personalidades en distintos campos y saberes. No.

Pocas cosas van quedando en nuestra Navidad de aquellas que vivimos cuando éramos niños. Pero hay una que aún se mantiene y que seguirá manteniéndose por muchos y variados que sean los cambios que a cada cual le toque vivir. Me refiero a la nostalgia. La navidad va unida a la nostalgia como el día a la noche. Es irremediable.