VISITA MI LIBRO VIRTUAL

enviado el Viernes 4 Mayo 2007

Libro Virtual  

Luis Torrecilla Hernández @ 12:00
Archivado en: Artículos
IMPRESIONISMO: UN NUEVO RENACIMIENTO

enviado el Miércoles 10 Marzo 2010

 el pífano

Una de las ventajas de tener Madrid a tiro de piedra (gracias a la Alta Velocidad Española), es poder disfrutar de alguno de los eventos culturales que ofrece la capital. Tras madrugar algo más de lo aconsejable para un sábado y tomar el AVANT a las 8 de la mañana, llegas a Madrid en poco más de una hora, haces cola en la sede de la Fundación Mapfre -“culpable” de haber traído a estas tierras una interesante muestra del Impresionismo- y con un poco de suerte crees hallarte en el mismísimo Museo parisino d´Orsay. ¡Ahí es nada!
La lluvia, que no entiende de cultura ni de madrugadas, empapó una espera de algo más de una hora en la puerta del edificio, mientras unos y otros mascullábamos impotentes la necesidad de organizar las esperas de una manera menos tercermundista que la de sentirse ganado ovino entrando en el aprisco (esas cintas que dibujan un laberinto y que te hacen dar vueltas absurdas y sin sentido en un viaje a ninguna parte).
Pero mereció la pena. Ver El pífano de Édouard Manet , un taller en Batignolles de Henri Fantin-Latour, La Estación de Saint-Lazare de Claude Monet, la Clase de Danza de Degas, la Casa del Ahorcado de Cézanne, el Columpio de Pierre-Auguste Renoir y otras joyas de aquel renacimiento pictórico, nos hizo olvidar lluvias y madrugones.
Impresiona -y aquí el verbo viene como anillo al dedo- comprobar cómo en el marco histórico de la Guerra franco-Prusiana (1870-1871) y de la Comuna de París (1871) un grupo de pintores liderados por Édouard Manet, lograron plasmar la modernidad y la cotidianidad en sus lienzos con todo lo que aquel proyecto tenía de ruptura para las inamovibles leyes de quienes controlaban el Salón de París.
Hércules, ninfas, dioses, santos, aristócratas o burgueses en sus palacios, dejarán de poblar los cuadros de los artistas, para dejar paso a sencillas bailarinas en un momento de descanso, a aldeanos caminando con una haz de leña, a una muchacha columpiándose en una mañana de primavera, a una urraca posada en un cercado,…imágenes cotidianas, fulgores de un instante llevados a la paleta por unos pintores incomprendidos por la crítica del momento.
Y tras ellos la tradición de la escuela barroca española, especialmente la de Goya, Velázquez y Ribera. La influencia de una pintura realista, austera y sobria que buscó en su momento (en un adelanto de siglos), mediante propuestas innovadoras, el asalto a la modernidad.
Al salir, seguía la lluvia persistente y nostálgica; quizás pesarosa por no hallar entre tanto transeúnte a uno de aquellos artistas que con unas pinceladas vibrantes y mínimas sabían captar la fugacidad de un gesto, de un efecto atmosférico, de un momento. Los impresionistas.

Luis Torrecilla Hernández @ 19:01
Archivado en: Artículos
HERMINIO RAMOS PÉREZ

enviado el Domingo 28 Febrero 2010

HERMINIO RAMOSNo lo conozco. Confieso que no conozco personalmente a Herminio. Me enteré de su existencia cuando al poco de publicar mi libro “Pleitos para la historia local. Cañizal una villa de Valdeguareña” me encontré una crítica suya en el periódico “La Opinión de Zamora” que me llenó de curiosidad. Rápidamente acudí a los buscadores de Internet para saber quien era aquel periodista que tan bien había resumido y entendido mi trabajo. Y me encontré con Herminio Ramos Pérez un hombre conocidísimo -y queridísimo- en la ciudad de Zamora, escritor y periodista y al que hace pocos meses han dedicado una estatua como homenaje. La pueden ver ustedes al lado.
Y mi satisfacción al ver la biografía de este joven de 85 años ha ido en aumento a medida que he ido conociendo su obra. Por sus obras les conoceréis.
Podía haber sido cualquier otro periodista quien hiciera la crítica del trabajo que me publicó la editorial Semuret. Y hubiera sido igual de digna y respetable. Pero fue Herminio.
Me pasó lo mismo con el prólogo de mi libro “Valladolid ¡si yo te contara!” que me prologó Joaquín Díaz. Lo podía haber prologado cualquier otro escritor. Y hubiera quedado igual de digno, por supuesto. Pero fue Joaquín. Joaquín Díaz, al que bauticé como “el sabio de Urueña” en la presentación de aquel libro en la librería Margen de Valladolid. Espero que Joaquín que se calza cada mañana con la humildad de los grandes, perdone tanto atrevimiento.
Después de esto. Después de Herminio Ramos y de Joaquín Díaz, cómo decir que no soy un hombre con suerte. Cómo quejarme de la vida.
No lo conozco. Repito. Pero me gustaría conocerlo. O al menos me gustaría que este artículo llegara a sus ojos para que leyéndolo sintiera la caricia del agradecimiento. Porque investigar es duro. Muy duro. Pero si te encuentras críticas tan positivas y profundas como las de Herminio, pues te dan ganas de volver a intentarlo. La experiencia del éxito es importante para lanzarse a cualquier proyecto que exija esfuerzo y dedicación.
Sé por los buscadores de Internet que Herminio ha sido cronista oficial de la ciudad de Zamora, creador de la feria de la cerámica y alfarería popular de la ciudad, Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Zamora, Delegado provincial de Cultura y autor de una “Historia de Zamora” publicada por Semuret. También sé que nació en La Tuda (Zamora) que ha sido profesor y que ha recibido homenajes varios. El último promovido por el periodista Dalmiro Gavilán.
Herminio Ramos Pérez otro sabio parido en estas tierras olvidadas del Oeste. “El sabio de la Tuda”. Que me perdone también Herminio.
Que este artículo que hace el número 100 de mi cuaderno de bitácora sirva como tardío homenaje a un hombre que no conozco pero al que me encantaría estrechar la mano. Herminio. Un zamorano universal, como Joaquín.
Va por ti, maestro.

Luis Torrecilla Hernández @ 10:32
Archivado en: Artículos
ESTOS JÓVENES

enviado el Sábado 20 Febrero 2010

´Jóvenes

Desde Sócrates hasta hoy, uno de los tópicos más generalizados y que parece trasmitirse de generación en generación, como las costumbres, es el de la falta de educación que tiene la gente joven, sin que nadie o casi nadie se haya cuestionado lo que de verdad o mentira puede haber tras dicha creencia.
Viene esto a cuento porque acabo de comprar pan y periódico en la gasolinera de la esquina (estaban cerradas las panaderías debido a lo temprano de mi madrugada) y un par de muchachos, de poco más de 20 años, que trabajan en el establecimiento han venido raudos y amabilísimos a solucionar mi torpeza -no encontraba el periódico de marras- y cuando han terminado de servirme e instruirme, uno de ellos ha exclamado un “muchas gracias, señor, que tenga un buen día” que me ha sonado a música celestial por lo poco usual que suele ser tanta simpatía a tales horas, y por haberme llegado de unos jovenzuelos de esos que, según el tópico, son todos unos maleducados.
Dicen que en una ocasión le preguntaron a Wilson Churchill sobre qué pensaba de los franceses; el mandatario británico sacó su pipa de entre los labios, miró de soslayo a su interlocutor y extrañado respondió “lo siento pero no conozco a todos los franceses”.
No estaría mal que, a partir de ahora, aplicáramos la respuesta de Churchill a tanto tópico que nos rodea y que reduce nuestra actividad cerebral al trabajo de una sola neurona.
Y ya puestos, tampoco estaría mal que cuando alguien nos preguntase qué pensamos de la juventud o de los andaluces o de los murcianos sentenciáramos como Churchill con un “perdone, pero no conozco a todos los jóvenes, ni a todos los andaluces, ni a todos los murcianos”.
Porque nuestros jóvenes, hoy como ayer, son un grupo humano variopinto en el que se puede encontrar de todo como en botica. Como entre los adultos y como entre los ancianos de ahora y de siempre. De siempre. Porque aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” es otra falacia que corre por los mentideros de la ignorancia. Métanse en el túnel de la historia. Pasen y vean. Cualquier horror, atropello y violencia se multiplica geométricamente a medida que nos retrotraemos hacia el pasado.
Sólo la falta de información y la ignorancia mantenida y cultivada por los poderosos hicieron creer a nuestros abuelos que vivían en el mejor de los mundos. No lo duden.
Eso y que en la época de la Revolución francesa -por poner una período archiconocido-, no había telediarios que emitieran desde las Tullerías los guillotinados del día.
Otro de los tópicos más extendidos entre nosotros es el de la exquisita educación en urbanidad y buenas maneras que recibieron nuestros antepasados y que ilustran con tanta contundencia los manuales escolares de finales del XIX y principios del siglo XX. Olvidan quienes tanto se entregan a alabanzas de costumbres añejas (y que esgrimen como argumento de nuestra decadencia la falta de castigos duros y ejemplares en la actualidad) que aquellos niños que leían y practicaban la moralina de los cuentos de Calleja y sufrieron castigos corporales sin cuento en la escuela de entonces (la letra con sangre entra, decían) se enfrentaron con saña desmedida y cruel en la década de los años treinta; y que los europeos que también tuvieron sus manuales de buenas costumbres, hoy tan alabadas por quienes acusan a nuestra juventud de la decadencia que se aproxima, no se quedaron mancos e hicieron lo propio en la guerra que asoló Europa.
Tal vez lo que acabo de afirmar sean también generalizaciones simplistas que no consideran la multitud de causas que suele haber tras los conflictos bélicos. Lo sé. Pero permítanme decir que los presagios catastrofistas y apocalípticos de nuestros abuelos para los niños de los años sesenta y setenta que nos criábamos, decían, en la molicie y la falta de educación, no se han cumplido a Dios gracias y que, digan lo que digan algunos, estamos viviendo la más larga época de paz y prosperidad que se recuerda en la historia de España.
Ahora es la televisión la que nos hace creer que vivimos en el peor de los muladares acercando a nuestro salón las malas noticias que se prodigan en cualquier lugar del planeta. Y entre ellas, cómo no, la de nuestros jóvenes haciendo botellón un fin de semana sí y otro también. Actividad que parece ser la única a la que se dedican nuestros muchachos, pues las otras, las de los miles de jóvenes que estudian, preparan oposiciones, trabajan o buscan desesperadamente un trabajo, esas nunca son noticia.
Como tampoco lo ha sido la amabilidad de dos jóvenes que me atendieron en una gasolinera esta misma mañana.

Luis Torrecilla Hernández @ 10:07
Archivado en: Artículos
FE DE ERRATAS

enviado el Miércoles 10 Febrero 2010

 Libro

Son escurridizas como ratas. No me extraña que compartan tantas letras. Como ellas son inoportunas y voraces. Los escritores las tememos más que a un nublado.
De poco sirven las cansinas lecturas a que nos obliga el editor. De nada tanta dedicación al párrafo, a la línea, al punto. De nada.
De tanto repasar el texto te dejas vista y sueño y acabas odiando tu propio trabajo mientras piensas que total ¿para qué? si al final ocurrirá lo esperado, que la maldita errata aparecerá ante tus ojos, vivita y coleando, cuando, ya entre tus manos, abras el libro por cualquier página.
Recuerdo mi primera publicación de tema vallisoletano. “Valladolid con ojos distintos”. De nada sirvieron mis esforzados repasos de entonces. De poco el tiempo libre dedicado al asunto. El corrector gramatical del ordenador -estamos hablando de un ya lejano año 1999 y los “ordenatas” no eran como ahora- no entendió lo de “Cazador de la campaña del Rif” (uno de los jinetes del grupo escultórico “Los caballeros de Alcántara” de Mariano Benlliure y Gil, que embellece la entrada de la Academia de Caballería de la ciudad) y se quedó tan ancho poniendo “Cazador de la campaña del Rifle”. Lo malo -si algo peor podía pasar- es que a un autor que me citó más tarde no se le ocurrió mejor idea que copiar esta cita, por lo que la “Campaña del Rifle” debe ser uno de los acontecimientos históricos que ya se estudian en los libros de secundaria y que pronto, de no haber remedio, formará parte de la famosa Asociación Nacional del Rifle que preside Charlton Heston (gracias al google me he enterado que hubo una campaña del “rifle sanitario” impuesta por Estados Unidos y que consistía en sacrificar ganado para frenar la propagación de la fiebre aftosa; con lo cual el desatino puede alcanzar embrollos planetarios y hasta desencadenar una tercera guerra mundial).
¡Hasta 11 erratas llegué a contabilizar en aquel primer trabajo! Erratas que, por lo demás, no evitaron que el libro desapareciera de las librerías en menos de un año convirtiéndose en todo un éxito editorial. ¡Los hay con suerte!
Por no cansarles a ustedes pasaré por encima de las erratas habidas en mis otros libros y me centraré, si me lo permiten, en el último que publiqué sobre la ciudad y que lleva por título “Valladolid, la huella francesa. Rutas para el diálogo”.
Cuando tras múltiples repasos al original me las prometía muy felices con aquello de “esta vez no me pillarás maldita errata, todo está controlado”, un amigo, ya desaparecido, me llamó por teléfono al día siguiente de la presentación, indicándome que abriera el libro por determinada página. Cuando lo hube hecho, me lanzó un “¿ves la errata?” que me sentó como un mordisco en la yugular. Los hay -pensé mientras abría desganadamente el libro- que parecen divertirse yendo a la caza de la errata.
En la página había una fotografía que ocupaba todo su espacio con un escueto pie de foto, que yo leía y releía buscando el maldito desaguisado.
-No veo la errata – le respondí…
- Fíjate mejor -respondió sarcástico y seguro mi amigo tras el teléfono.
- Te juro que está bien, Manolo.
La foto en cuestión refleja unos leones pétreos que, sobre columnas, delimitan la jurisdicción universitaria. O eso debían haber representado (dicho sea de paso, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, la fachada de la universidad es el más bello ejemplo de estilo barroco que atesora la ciudad).
Mi amigo volvió a la carga:
-Fíjate bien. No son los leones de la universidad.
- Pues entonces ¿de dónde c… son? Exclamé como una escopeta y ya sin control…
- Son los leones de la Iglesia de San Pablo. Mira al fondo y comprobarás que lo que se adivina tras los árboles es la fachada del Palacio Real.
¡Pues sí que había que adivinar! Créanme si les digo que, ni aún diciéndomelo mi amigo, veía con claridad aquel espantoso trueque. Aquello me parecía más un juego al estilo de “¿Donde está Wally?”, sin que el maldito Wally apareciera por ninguna parte, que la búsqueda razonable de un error literario. Parecía una broma macabra.
Al final tuve que dar la razón a mi amigo. Era una “fotoerrata” como un camión.
En mi descargo quedó el que yo no había hecho ni elegido las fotografías del libro pero aún así me afectó como dicen que le afecta a cualquier padre el defecto de un hijo.
Y hasta me ocurre que esos libros, esos párrafos con algún desatino, me producen cierta ternura como dicen que también les pasa a los padres que tienen un hijo desvalido al que dedican más tiempo y ternura que a los sanos. El síndrome del padre del hijo pródigo.
¡Tendré que ir al psiquiatra!

Luis Torrecilla Hernández @ 22:46
Archivado en: Artículos
EL “PRÍNCIPE DE ASTURIAS”

enviado el Sábado 30 Enero 2010

noticiaPues no. No voy a hablarles ni de don Felipe de Borbón -heredero de la corona de España- ni de los premios que otorga el Principado de Asturias, una vez al año, a eminentes personalidades en distintos campos y saberes. No.
Hoy va de barcos. De un trasatlántico que naufragó en el Atlántico muriendo decenas de personas. De un trasatlántico con compartimentos de primera clase para millonarios y compartimentos de tercera para emigrantes. Y no les estoy hablando del Titanic. No.
Si los españoles hubiéramos sabido vender nuestra historia tan bien como lo han hecho los británicos seguramente ustedes sabrían ya de lo que les estoy hablando: del trasatlántico español “Príncipe de Asturias” que el 5 de Marzo de 1916 a las 3:30 horas se fue a pique, en menos de 10 minutos, frente a las costas de Brasil. Murieron 445 personas -338 pasajeros y 107 tripulantes- y hubo 143 supervivientes.
Pero somos españoles y aquí nadie recuerda que cerca de 500 compatriotas perdieron vida y fortuna en las aguas del Atlántico Sur. O casi nadie. Fernando García Novell ha publicado una novela en la “Esfera de los Libros” que lleva por título “Naufragio” y que nos introduce en alguno de los personajes de aquella tragedia, olvidados hasta hace pocas fechas: el capitán José Lotina, el abuelo de Julio Cortázar, la joven gallega Marina Vidal Castro, la familia Chiquirrín, etc.
Viajaban con destino a Buenos Aires en uno de los barcos más modernos de la época y no alcanzaron su destino.
Una historia, como ven, tan memorable -o sea, digna de ocupar un espacio en nuestra memoria histórica- como la del “Titanic” pero que aquí nadie recuerda, al contrario de lo que sucede con el trasatlántico que se hundió en el Atlántico Norte y que nos han vendido hasta el empalago.
Tal vez estemos ante el ejemplo más notorio y flagrante de las diferencias Norte-Sur.
No es necesario decir que, como suele ocurrir, hubo silencios cómplices tanto de la compañía aseguradora del vapor como del gobierno español de turno que no quiso asumir la evidencia del elevado número de ilegales que iban en las bodegas (según algunas fuentes las bodegas iban repletas de emigrantes clandestinos, en su mayoría judíos que huían de Europa, y que elevarían el número de muertos a 1.600).
No fue un iceberg sino una fortaleza de coral la que abrió una brecha de 44 metros en el doble casco del vapor. Las calderas explotaron. Y luego el terror. Sólo un bote consiguió desamarrarse y 17 afortunados subieron en él. Los otros 109 se agarraron a los escombros que flotaban por aquí y por allá.
Como ven todo un acontecimiento para poder hacer una película con nuestros Leonardo diCaprio y Kate Winslet particulares. Con su salón de música, su majestuosa escalinata con pasamanos trabajados en madera, su excelente iluminación gracias a una claraboya ovalada que atravesaba las tres cubiertas, sus riquísimas alfombras persas, sus tapicerías de seda, sus muebles de caoba, su piano.. Esto arriba.
Y abajo la mugre, el hacinamiento, el olor rancio de la miseria. Arriba y abajo. Como siempre.
Tras la catástrofe, los supervivientes fueron recogidos por un vapor francés, el Vega, que había oído las llamadas de socorro lanzadas desde el buque español.
Supervivientes que narrarían las escenas dantescas vividas antes del hundimiento (con apuñalamientos entre algún pasajero por acceder a puestos de supervivencia).
Después el saqueo por parte de los nativos, el enterramiento precipitado de los restos que el mar escupía un día sí y otro también y…el olvido.
Hasta hoy que, gracias a una acertada novela de Fernando García Novell, hemos podida recuperar parte de nuestra olvidada historia. La historia del “Titanic” español.

Luis Torrecilla Hernández @ 10:46
Archivado en: Artículos
LEER O NO LEER, ESA ES LA CUESTIÓN

enviado el Miércoles 20 Enero 2010

libro electrónico

Algunos futurólogos de las letras andan como locos dando vueltas al tema del libro electrónico, augurando, en plan apocalíptico, la muerte del libro en papel. Al parecer las nuevas generaciones que han mamado de la teta digital desde que abrieron los ojos al mundo, optarán por este soporte tan familiar para ellos y dejarán de lado, como una antigualla, el libro encuadernado de toda la vida. Dicen.
Pasó lo mismo, ¿se acuerdan? cuando llegó la televisión. Para muchos, aquel invento, aquella pantalla de andar por casa, iba a suponer el fin del invento de los hermanos Lumiére. Adiós cine, adiós séptimo arte, adiós Gery Cooper, se oía llorar por aquí y por allá, a los derrotistas de siempre. Y nada.
Más tarde también hubo quien preconizó el fin del teatro. La gente debe quedarse en su casita y nada de salir a la calle, siempre tan llena de peligros. Mejor ver la “Sesión de tarde” que nos ofrece la programación televisiva. Decían.
Pues no. Se equivocaron unos y otros. Ni el cine ni el teatro están en peligro de muerte ni lo estuvieron nunca. Al contrario. El teatro nunca estuvo tan vivo como en la actualidad. Lo dicen los que entienden. Y sobre las películas, sobre el cine, ¡qué me dicen ustedes! Cada vez es mayor el aporte televisivo al cine y viceversa.
Y es que el problema va por otro lado. El problema no es dónde se leerá. El problema es si se leerá o no. Y es que los niveles lectores de nuestros muchachos están bajando a niveles preocupantes. Leer más de diez líneas supone para muchos un esfuerzo ciclópeo que no quieren afrontar.
El problema no es el recipiente en el que se verterá la lectura del futuro sino si esa letra impresa o digitalizada va a tener clientes dispuestos a degustarla.
Es de suponer que el mercado del libro electrónico asistirá pronto a una explosión en ventas debido, no vayan ustedes a creerse, a la demanda de todos aquellos que aspiran a conseguir las últimas novedades tecnológicas, sean estas del tipo que sean. Luego, cuando la furia compradora y novedosa recupere sus derroteros normales ambos convivirán. Pero lo que está más claro que el agua es que, para quien no suele leer, el libro digital no le aportará el milagro de aficionarlo a la lectura.
Dicho lo anterior hay que reconocer las ventajas que sin duda va a aportar el libro electrónico. Entre otras, y sin pretender ser exhaustivo, el poder leer rarezas bibliográficas que sólo se pueden encontrar en Internet, o poder viajar sin tener que llevar diez volúmenes en la maleta, o poder consultar la necesaria documentación en un momento dado. No digamos nada sobre lo bien que les irá a los lectores voraces que no pueden permitirse económicamente leer todo lo que quieren, o al editor que ha de leer cientos de manuscritos, o al que prepara una tesis doctoral y tiene que consultar una amplia bibliografía, o a quienes el pequeño tamaño de la letra en las ediciones de papel les resulta ilegible… Para ellos el libro electrónico será la panacea a muchos de sus problemas.
Además, no se degradan, son clonables, transportables virtualmente y permiten la indexación completa (buscar cualquier palabra, de manera exhaustiva en cualquier momento). Ventajas que no se deben subestimar.
Luego estarán los que quieran seguir leyendo en el libro de toda la vida, acariciando su lomo y la textura de sus tapas, oliendo sus aromas a tinta fresca o rancia, oyendo el aleteo de sus páginas, contemplando su bello perfil poliédrico, etc. etc. En una palabra: los románticos.
Y es que el libro clásico más que un objeto es para muchos una manera de acercarse a la lectura de una forma más artística y placentera. Como catadores que piden llevar a cabo la degustación de los caldos en las copas adecuadas y no en cualquier recipiente.
Resumiendo: el libro electrónico no es enemigo del libro de papel ni viceversa. El mayor enemigo del libro no es su soporte, uso o almacenamiento, sino el no encontrar lectores. Pues el libro solo existe para ser leído.

Luis Torrecilla Hernández @ 14:36
Archivado en: Artículos
LA BOTICA DE LOS FRAILES

enviado el Domingo 10 Enero 2010

 Botica

Mientras la pequeña pantalla escupe imágenes de aeropuertos y estaciones con miles de viajeros suplicando, ante una ventana vacía, que les caiga la lotería de poder volar a cualquier parte. Mientras mis vecinos imploran, entre codazos y empellones, al camarero arrogante (todo un dios en su barra) que les sirva la cerveza mañanera para poder enfrentarse al exceso de felicidad que les desea todo el mundo. Mientras amas de casa, ceñudas y estresadas, hacen colas interminables en el supermercado, ante cajeras autistas, agotadas y robóticas que ya no saben, dado su agotamiento, si van o vienen. Mientras que miles de ciudadanos hacen turnos de espera para poder ver el Belén Monumental que ha puesto, como todas las navidades, la asociación belenista…
Opto por acudir a uno de los pocos sitios donde los trabajadores son más numerosos que los clientes: el Museo de Arqueología. Una de las reservas de nuestro ecosistema navideño donde no hay que hacer cola. Maldita sea.
El Palacio Fabio Nelli (Valladolid, España) otrora casa del banquero que lleva su nombre y hoy Museo Arqueológico provincial (Museo de Valladolid) ofrece una exposición temporal sobre La Botica de San Ignacio que es una delicia para quienes se interesan por la antigua farmacopea o por la historia en general.
Las boticas, término hermoso y ya en desuso, que solamente pronuncian nuestras abuelas -otra reserva lingüística a proteger-, estuvieron en manos de las principales órdenes religiosas hasta el siglo XIX, siglo en el que desaparecieron por distintas y diversas razones.
Boticas espaciosas que incluían un cuarto de estudio para el padre boticario, un laboratorio, una droguería, un desván, un cuarto de hierbas, una bodega, un lapidario y ¡un arca de víboras! (que el veneno fue muy utilizado tanto en los laboratorios como en las cocinas).
Es toda una delicia el poder ver, sin colas ni agobios, redomas para agua de jazmines, ungüentarios, pildoreras, botes de Talavera fina con sus escudos para raíces y polvos, ánforas con ramos azules para agua destilada.
Todo tipo de remedios podían encontrarse en aquellas boticas de los frailes, desde Ipecacoana para los vómitos en caso de envenenamiento hasta opium para el sopor, polygala para el dolor de costado y planta de cinchona o Polvos de la Condesa (la famosa quina, que tomó aquel nombre por la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú, al enfermar de paludismo y curar gracias a esta planta) para fiebres e inflamaciones de la garganta.
Botica de los benedictinos, -que fueron los primeros en establecerlas en sus monasterios allá por la Edad Media- botica de los dominicos y de los jesuitas. Botica de los frailes que estuvieron abiertas a la caridad y a los dolores públicos como no podía ser de otra manera, que “no se hizo la luz para ponerla debajo del celemín”. Boticas que se abastecían de los huertos y jardines del propio monasterio donde se cultivaban plantas curativas de uso común.
La expulsión de los jesuitas, la Guerra de la Independencia y las desamortizaciones del siglo XIX acabaron con aquellas boticas monacales.¡Qué pena! Aunque no todo se perdió. Restos de su botamen están diseminados por diversos museos esperando la visita de quien sepa valorar el rico patrimonio cultural que esconden entre sus paredes.
Como en este Museo de Valladolid que tantas piezas esconde, tan rico en tesoros arqueológicos y artísticos como pobre en número de visitantes ¡ay!

Luis Torrecilla Hernández @ 10:02
Archivado en: Artículos
EL POEMA QUE MÁS RECITABA MI PADRE

enviado el Miércoles 30 Diciembre 2009

pastorcilloPocas cosas van quedando en nuestra Navidad de aquellas que vivimos cuando éramos niños. Pero hay una que aún se mantiene y que seguirá manteniéndose por muchos y variados que sean los cambios que a cada cual le toque vivir. Me refiero a la nostalgia. La navidad va unida a la nostalgia como el día a la noche. Es irremediable.
Tomando el cupo de nostalgia que me corresponde en estas fechas voy a regalar a los fieles lectores de mi cuaderno de bitácora un poema de la segunda mitad del siglo XIX (hasta hace pocas fechas decíamos el siglo pasado, pero ya no vale) que refleja como pocos los enormes cambios que se han dado en nuestra sociedad. Sobre todo en el campo de la infancia hoy tan protegida y mimada. Es de Eusebio Blasco y Soler (1844-1903) y mi padre -fallecido en el año que termina- lo recitaba con una devoción febril que subyugaba a quienes lo escuchábamos. Él, que había nacido en la década de los años veinte y había visto niños “pigorros” y yunteros a sueldo, se emocionaba con el niño-pastor del poema y nos emocionaba a cuantos formábamos su auditorio. Va por ustedes.

UN DURO AL AÑO

Monte arriba, cara al viento,
buscando reposo y calma,
íbame yo muy contento,
dándole descanso al alma,

y cuando al alto llegué,
y al dar la vuelta a la cima,
un rebaño me encontré
que se me venía encima.

Avanzaban las ovejas
marchando al paso tranquilas,
y pasaban las parejas
al sonar de las esquilas:

y a los últimos reflejos
de los rayos vespertinos
las vi perderse a lo lejos
por los ásperos caminos.

Detrás de ellas, lentamente,
dando al aire una canción
y sacando indiferente
su mendrugo del zurrón,

venía un pastor, un niño,
un imberbe zagalejo,
que me inspiró ese cariño
que es tan súbito en un viejo.

-¡Hola! ¿tú eres el pastor?
-Sí señor, ¿qué se le ofrece?
-¿tienes padres? -no señor.
-¿cuantos años tienes? - Trece.

-¿Y cuanto ganas, amigo?
- Un duro. - ¿al día? -¡anda maño!
- ¿Un duro al mes? - ¡que no, digo!
- ¡Un duro al año!

II

Le dejé que se marchara
y en el monte me senté,
y avergonzado, la cara
en las manos oculté.

Pasaron por mi memoria
templos, palacios y reyes,
los aplausos y las glorias,
los discursos y las leyes,

los millones del banquero,
las fiestas del potentado,
réditos del usurero,
ladrones en despoblado,

fortunas mal heredadas
en el tapete perdidas,
cortesanas celebradas
de ricas galas prendidas,

los que de lujo se afanan,
tantas glorias, tanto daño…
y en tanto hay seres que ganan…
¡Un duro al año!

III

¡Un duro! ¡Oh Dios! ¡Cuántas veces
lo habré derrochado yo,
en miles de pequeñeces
que mi gusto me pidió!

en comer sin tener ganas,
en caprichos, en favores,
en vanidades humanas,
en guantes, coches y flores,

en un rato de placer,
en un libro sin valor,
en apostar, en beber,
en humo, en un buen olor…

Y ese duro que se olvida
En cuanto correr se deja,
era un año de la vida
de aquel niño que se aleja…

Y vi que somos peores
todos los seres humanos.
unos, falsos soñadores;
otros, falsos puritanos.

Ya ateos o ya creyentes
todos en el daño iguales;
resolviendo diligentes
grandes problemas sociales;

y hay seres que, en esa edad,
ignoran su propio engaño
y deben a la humanidad…
¡Un duro al año!

IV

¡No! Mientras que en el frío enero,
en una espantosa noche,
mi prójimo, por dinero,
me lleve a mi casa en coche;

mientras de la mina oscura
saque el carbón tanta gente,
pasando tanta amargura
para que yo me caliente;

mientras de la alegre fiesta
salga yo, que siento y creo,
y al pobre que me moleste
le mande airado a paseo;

mientras derroche la moda,
y se gasten, grande o chico,
mil duros en una boda,
mil en entierros del rico,

y hasta el sol desigual sea
en dar al hombre sus rayos,
y haya niños con librea
que me sirvan de lacayos

ni creo en leyes humanas
ni en el que las bombas tira…
¡Palabras! ¡Palabras vanas!
¡Mentira, todo mentira!

No hay a las penas consuelos;
¡sufrir y siempre sufrir!
¡El Cristo se fue a los cielos,
pero volverá a venir!

Y ha de subir a mil codos
más alto el nuevo diluvio,
y en él moriremos todos;
y más altos que el Vesubio

nos ha de ver impasible
ese niño, ese pastor,
ya convertido en terrible
ángel exterminador,

y entre torrentes de lava
gritará desde alto escaño:
-Yo soy aquel que ganaba
¡Un duro al año!

V

Así a mis solas decía,
solo, en la cumbre del monte,
mientras el sol se escondía
en el rojizo horizonte,

en la sombra se ocultaban
lentamente las aldeas,
y allá lejos humeaban
las fabriles chimeneas,

Veíanse allá las cruces
de las altas catedrales
y los rayos de las luces
de las fiestas mundanales.

Allí lloran afligidos
miles de seres humanos,
allí rezan compungidos
los que se llaman cristianos.

Entre el ruido y movimiento
de las modernas ciudades,
resumen triste y cruento
de las necias vanidades…

Y allá, perdido en la plana,
cantando, tras su rebaño,
iba aquel niño que gana
¡Un duro al año!

PD: Un duro eran cinco pesetas. Cantidad equivalente a tres céntimos de euro, aunque su valor en aquellos años era, como es lógico, mucho más alto. Aún así si lo comparamos con el salario de un jornalero en el Madrid de 1885 que rondaba las dos pesetas diarias (en el campo era bastante menos) vemos la poca consideración laboral en que se tenía al niño jornalero. La explotación infantil, que como vemos no nos fue ajena, sigue dándose en muchos países. No hay que remontarse a Charles Dickens ni a Eusebio Blasco para encontrarse con tan dura realidad.

Luis Torrecilla Hernández @ 17:40
Archivado en: Artículos
JAVIER CORTES ÁLVAREZ DE MIRANDA

enviado el Domingo 20 Diciembre 2009

Javier Cortes

Lleva unos pocos días en la calle. En Saldaña. Sin pedestal, con chaqueta de pana, zapatillas y en el más absoluto anonimato. El hombre que descubrió y protegió durante años la Villa Romana de la Olmeda (la más importante de la península ibérica por sus impresionantes mosaicos de cuando el Bajo Imperio), rehuye nuestra mirada, mientras camina mano sobre mano, humilde y austero, absorto en sus quehaceres.
- Es él –comenta una señora del pueblo que le conoció en vida, sorprendida por el parecido.
- ¿Lleva mucho tiempo? –pregunta el “urbanita-fin de semana”siempre tan impertinente y sabidillo él.
- Sólo unos días. Murió hace unos meses cuando se iba a inaugurar, por la reina doña Sofía, la ampliación de la Villa Romana de la Olmeda.
Junto a la efigie una vieja iglesia, con la advocación de San Pedro, encierra bajo sus muros diversas vitrinas con los objetos hallados en el yacimiento.
Pero volvamos al personaje. A Javier Cortes el agricultor que en 1968 se topó en sus tierras de Pedrosa de la Vega con unos impresionantes “opus tesellatum” romanos.
- Era perito agrícola –nos dice un señor que está dispuesto a dejar las cosas en su sitio y a no rebajar méritos al esculpido.
- Y entendido en temas de arte romano –añade otro.
El grupo de forasteros vuelve a mirar al bronce. Es una de esas estatuas que tanto abundan en nuestras ciudades y pueblos clónicos ansiosos por representar a sus hijos más destacados cuando han renunciado definitivamente al empadronamiento entre los vivos. Efigie sin peana, como se dijo, que se confunde con el vecindario que camina por las calles y que le recuerdan en la postura y semblante que ha impuesto el escultor.
Antonio Gala -dramaturgo, novelista, poeta y ensayista- en su libro “El pedestal de las estatuas” le hace decir a Antonio Pérez, secretario de Felipe II, estas palabras:
“Sé, como nadie, de qué está hecho el pedestal de las estatuas: de abusos, sangre, llanto y muertes, unos; de soberbia, desprecios y avidez, otros; de negación a la vida los demás…”.
La efigie de Javier Cortes no tiene pedestal. Repito. Camina humilde y anónimo por su pueblo. Pero de haberlo tenido habría sido una rotunda excepción a las palabras anteriores. Nada en su rostro refleja la soberbia, el desprecio o la avidez; y menos abusos, sangre, llanto y muertes. Y lo de negación a la vida, ni les cuento. Vivió apasionadamente su vida de arqueólogo entregado al tesoro con el que se topó su arado. Sufragó con su bolsillo todos los gastos que los trabajos arqueológicos llevaron consigo, dedicándose a su descubrimiento con una dedicación obsesiva y febril.
Sólo en el año 1980, cuando el crecimiento y la importancia del yacimiento excedían lo humanamente soportable, se lo cedió a la Diputación Provincial de Palencia.
- Si llega a toparse con los restos romanos otro agricultor, sigue con la arada y no repara en restos -comenta una señora del pueblo que se ha acercado a nuestra conversación.
El 4 de marzo del año en curso cuando estaba a punto de concluirse la adecuación del entorno del yacimiento y el recorrido museístico, murió Javier Cortes Álvarez de Miranda, el descubridor de La Olmeda. El hombre que sí reparó en restos y no reparó en gastos.
Aquel yacimiento salvado de la incuria de los siglos, cayó en las mejores manos posibles. En las manos del agricultor-arqueólogo Javier Cortes. Otros restos romanos no tuvieron tanta suerte. Desaparecieron un mal día precisamente a causa de un arado romano ¡Qué ironía!

Luis Torrecilla Hernández @ 12:13
Archivado en: Artículos