
Nací en Cañizal (Zamora) allá por el año 1953, que si bien se mira no fue un mal año para nacer si lo comparamos con otros que parió el siglo y de los que mejor ni hablar, aunque tampoco tan bueno como otros que vendrían después y que a uno le hubieran hecho, si no más feliz, al menos más joven. Lo que no es moco de pavo. Pero esto, a mi entender, debe ser una ilusión óptico-vital de todo nacido antes o después de cualquier año. Fui a la escuela con seis años - privilegio que nunca hemos valorado del todo los niños de la postguerra - y allí me apliqué todo lo que pude en la Enciclopedia Álvarez que tuvo el mérito de simplificarme el mundo y la vida - lo que ahora se dice las “materias curriculares”- y hacer ligero el equipaje escolar, a más de dejarme tiempo para jugar –otro privilegio de aquella niñez que ha caído en desuso gracias a las famosas “actividades extraescolares” de nuestros días- y coleccionar los cromos del Cid Campeador que venían, si la mollera no me falla, en unas tabletas de chocolate. En mi casa apenas había libros. Tener libros era un lujo de gente rica, y mis padres eran labradores modestos que no podían permitirse gastar el dinero en vanidades de escribano. Pero mi padre -gran lector y admirador del poeta Gabriel y Galán- siempre se las arregló para que le dejaran algún libro prestado -de esos que casi nunca se devuelven- y poder leerlo al amor de la lumbre con el fervor y la devoción de un comulgante. Luego, cuando le acompañaba en el carro para ir a las tierras - en aquellos trabajos de los que mejor no hablar- me decía poesías que aún hoy recuerdo con nostalgia: El Ama, la Montaraza, el Embargo, la Pedrada,… A los 13 años no pude evitar -como era habitual en aquellos años- ir de interno “a los curas” y de paso saber lo que era un campo de fútbol, una piscina, la excursión al monte y otros “lujos” impensables en mi mundo y que, en definitiva, era lo que nos movía a dejar el pueblo -o nos “motivaba” como se dice ahora- y no la idea de ser religioso o misionero. Aunque alguno hubo que tomó los hábitos amortizando la sangría vocacional del resto. También nos permitía estudiar – algo que con los recursos paternos y por libre era algo impensable- si eras un poco dado a ello y seguías el consejo que de forma machacona te daban los mayores: “tienes que ser un hombre de provecho” o “el saber no ocupa lugar”.
Con esa intención me hice maestro y en las tareas de la enseñanza he trabajado toda mi vida. Entre tanto he compaginado este oficio con otros que, bien mirados, son más trascendentales en cualquier biografía que se precie. Me refiero al de marido, al de padre –dos hijos-, y al de hijo, pues a estas alturas puedo presumir de padres octogenarios. También, como cualquier hijo de vecino, soy hermano, tío, padrino, cuñado, yerno…. Como veis un pluriempleado. Lo de escribir -otro oficio- fue una vocación tardía que, según lo pienso ahora, debía estar latente en los genes heredados de mi padre. Hay vocaciones que se manifiestan tardíamente y que uno ni siquiera sabe que están ahí, escondidas en la retaguardia del alma. Mi primer libro fue sobre mi pueblo - Cañizal - y a él le debo las primeras alegrías y sinsabores del oficio. Alegrías por la gran acogida que tuvo entre los jariegos -que ese es nuestro gentilicio- y sinsabores por los problemas que tuve con la imprenta cuando comprobé que habían ahorrado en pegamento más de lo aconsejable. Asistí despavorido a la caída de sus hojas cual álamo en otoño. Luego vino el de Niñez y castigo: historia del castigo escolar, editado por la Universidad de Valladolid y traducido al inglés en una universidad belga, lo que me llena de orgullo no disimulado y me precipita, Dios no lo quiera, al abismo de la vanidad.
Tras ellos me centré en la divulgación de la ciudad en la que vivo -Valladolid- con publicaciones que hablan de su historia y avatares y en las que he intentado aunar mi experiencia docente con la investigadora para que lleguen a todo tipo de públicos. Valladolid con ojos distintos surgió como juego de adivinanzas para conocer la ciudad; Valladolid ¡si yo te contara! pretendió un nuevo acercamiento a la historia local a través de la magia de sus números y Valladolid la huella francesa como un desquite ante quienes no conocen la gran influencia francesa que atesora nuestra ciudad. Entre ellos quise escribir un compendio sobre la historia de las mujeres partiendo de aquellas que habían tenido alguna relación con la ciudad del Pisuerga. Surgió así: Valladolid: femenino singular. Semblanzas en la niebla. Pensándolo bien, ahora que el tiempo transcurrido me permite otear lo publicado desde una distancia razonable para emitir algún juicio, creo que siempre me interesaron los perdedores. ¿No es perdedor un pueblo e Castilla - mi pueblo- que de casi 2000 habitantes a principios del siglo XX ha pasado a unos 600 sufriendo una feroz sangría emigratoria? ¿No son perdedores los niños, marginados en las crónicas y avatares humanos, que sólo en los tiempos actuales están teniendo un protagonismo, quizás excesivo, pero que permanecieron en los arrabales de la historia durante milenios? ¿No son perdedoras las mujeres que también estuvieron relegadas a ser la sombra del varón y que aún hoy luchan por hallar una igualdad que se les niega? No es perdedora una vieja ciudad castellana que, en aras a la modernidad, ha visto como “la paleta” se llevaba su rico patrimonio y se despersonalizaba mientras se engrandecía.
Pero quizá estoy poniéndome demasiado trascendente y no era esto lo que me proponía al trazar mi esbozo biográfico. Basta con ser aburrido como para, encima, querer sentar cátedra. Esbozo por lo demás simple y escueto, sin grandes aventuras vitales –mi vida es más bien plana y carente de los adornos que a otros ensalzan o envilecen- y que, de seguro, oculta más de lo que dice como suele ser habitual en cualquier biografía que siempre selecciona la mejor cara de su autor y por lo tanto manipula. No sé si seguiré más tiempo dedicándome a este oficio pero de hacerlo, será con la sana intención de seguir divulgando historias. En estos afanes os espero.